Navidad en Bogotá

La Navidad no es un momento ni una estación, sino un estado de la mente. Valorar la paz y la generosidad y tener merced es comprender el verdadero significado de Navidad. (Calvin Coolidge)

Navidad en Bogotá

¡Feliz, feliz Navidad, la que hace que nos acordemos de las ilusiones de nuestra infancia, le recuerde al abuelo las alegrías de su juventud, y le transporte al viajero a su chimenea y a su dulce hogar! (Charles Dickens)

Navidad en Bogotá

¿Qué es la Navidad? Es la ternura del pasado, el valor del presente y la esperanza del futuro. Es el deseo más sincero de que cada taza se rebose con bendiciones ricas y eternas, y de que cada camino nos lleve a la paz. (Agnes M. Pharo)

Navidad en Bogotá

Viene cada año y vendrá para siempre. Y con la Navidad vienen los recuerdos y las costumbres. Esos recuerdos cotidianos humildes a los que todas las madres nos agarramos. Como la Virgen María, en los rincones secretos de su corazón. (Marjorie)

Navidad en Bogotá

Aunque se pierdan otras cosas a lo largo de los años, mantengamos la Navidad como algo brillante.…. Regresemos a nuestra fe infantil. (Grace Noll Crowell)

2016/06/19

La Hiedra y el Acebo

La Hiedra y el Acebo


La Hiedra y el Acebo
Se cultivan en ley, 
De los árboles que en el bosque hay
 El acebo es el rey.
El acebo lleva una cruz 
Tan largo como el lirio, 
Y ese es tu pueblo señor
Que luce salvador. 
El acebo lleva un amor



Tan roja como sangre, 
Y ese es tu pueblo señor
Bendice al pecador. 
El acebo lleva una espina
Igual a un alfiler
Y ese es tu pueblo señor
Que siempre va a volver.
La corteza del acebo 
Amarga como hiel, 
Y ese es tu pueblo señor 
Dulce como la miel.
El cebo y la hiedra
Se cultivan en ley, 
De los árboles que en el bosque hay 
El acebo es el rey.

La Navidad de Pequeña

Era la víspera de Navidad y pequeña acababa de colgar su bota de la chimenea, lista para que Papá Noel la viese al llegar a la casa. Ella sabía que él vendría porque, bueno, era Navidad y además siempre había venido en las anteriores Navidades que recordaba. 
Sin embargo, esta vez no estaba muy convencida. En el fondo de su corazón tenía un presentimiento. Cuando no has visto algo con tus propios ojos, es muy difícil creer que en realidad existe. 
---Vendrá---se dijo Pequeña---. Sé que pasará por acá antes de que amanezca; sin embargo, desearía…
--- ¿Qué desearías?---dijo una suave voz muy cerca de ella, tan cerca que Pequeña se estremeció al escucharla.
--- Desearía poder ver a Papá Noel con mis propios ojos. Me gustaría conocer su casa, y su taller y montar en su trineo y conocer a su esposa. Sería muy divertido, y tendría la seguridad de que existe.
--- ¿Y porque no vas? ---dijo la suave voz---. Es muy fácil, solamente calzas estos zapatos, tomas esta luz y sigues el camino.  
Pequeña miro hacia la chimenea y noto que había dos zapatos, unos a cada lado, y una chispa de luz muy cerca de ellos. Con rapidez se quitó sus zapatillas y se los calzó. Parecían tan pequeños… pero no lo eran, ¡le quedaban a la perfección! Cuando estaba lista, sintió una ráfaga de viento que la transportó hacia arriba por la chimenea, pasando por entre muchas más luces, las hadas del hollín, hasta salir a donde se encontraban Jack Frost y el resplandor de las estrellas decorándolo todo para la Navidad. 
Pequeña se alejaba con sus zapatos, con la luz y los demás, hasta parecer una estrella más en el cielo. Era muy gracioso, pero sabía el camino a la perfección. Al final de cuentas era una ruta en camino recto, y cuando no hay que pensar en giros a la derecha o a la izquierda, todo es mucha más fácil. Rápidamente, Pequeña notó cómo una luz muy brillante la rodeaba, y su corazón se llenó de alegría. No sabía que los espíritus y las hadas de la Navidad la rodeaban llenaban de júbilo su travesía, pues no las podía ver. 
Pequeña quería reír, cantar y divertirse. Pero recordó al niño enfermo de la casa de al lado y prometió llevarle uno de sus libro de colorear para hacerlo feliz. Siguió su camino y cuando la luz a su alrededor era demasiado brillante, notó un paisaje, justo enfrente de ella, que guiaba hacia una casa con muchísimas ventanas. Al acercarse vio que en las ventanas había velas verdes, rojas y amarillas, y que su luz era muy brillante; se dio cuenta de que estas eran las luces de Navidad que la guiaban en su recorrido. Tuvo el presentimiento de que esta era casa de Papá Noel y que era muy pronto lo conocería.
Al acercarse a las escaleras, y antes de poder tocar la campana, la puerta se abrió de par en par. Papá Noel no estaba allí, pero si había un hombrecillo muy gracioso de piernas delgadas y estómago regordete que saltaba cada vez que reía. Notaras inmediatamente, tal como Pequeña lo notó, que el hombrecillo era muy feliz, y sabrás también que la razón por la cual era regordete eran sus risas, sonrisas y carcajadas permanentes. Tan rápido como un parpadeo, levanto su gorro rojo, esbozó una enorme sonrisa y dijo: 
--- ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Navidad! ¡Sigue, puedes entrar!
Pequeña avanzó sostenida de la mano del hombrecillo y notó que dentro de la casa ardía el fuego más rojo y alegre que hubiese visto en su vida y que a su alrededor trabajaban los hermanos y hermanas del hombrecillo. Se presentaron como “Feliz Navidad,” “Buenos Deseos” y muchísimos nombres relacionados con la época. Había tantos personajes que Pequeña supo inmediatamente que jamás podría contarlos, sin importar cuántas veces lo intentara.
A su alrededor había regalos y paquetes y montones de juguetes y juegos, y pequeña supo que ya estaban listos para ser llevados al trineo de Papá Noel. Sus renos los llevarían por encima de las nubes y los montones de nieve a todos aquellos que habían dejado sus botas listas para Navidad. Rápidamente todos los duendes empezaron a correr y a afanarse, y a llevar los paquetes hacia las escaleras desde donde Pequeña escuchaba las campanas y el revoloteo de los cascos de los renos. Entonces Pequeña decidió ayudar también, agarró algunos paquetes y los cargó. En el jardín estaba el trineo más grande que hubiese visto jamás. Los renos piafaban y saltaban y brincaban, pues estaban listos para bajar una vez más a la Tierra. 
No podía esperar a que apareciera Papá Noel. Y mientras se preguntaba en dónde podría estar, se abrió nuevamente la puerta y apareció un bosque que árboles de Navidad. Parecía como si el bosque entero saliera a dar un paseo, pero al observar cuidadosamente se dio cuenta de que se trataba de miles de espíritus navideños que llevaban en sus espaldas árboles o cintas de la temporada. Detrás de ellos pudo escuchar a alguien que reía fuertemente y que hablaba con un tono grueso, jovial, y que daba la impresión de ser un buen amigo de todos. 
Enseguida notó que Papá Noel se acercaba. Afortunadamente no fue mucho lo que tuvo que esperar, pues al segundo escuchó: 
---Dios te bendiga, ¿Quién eres y de dónde vienes? 
Pequeña pensó que tal vez no podría responderle, pero en realidad sus palabras fluyeron rápidamente. Los ojos de Papá Noel tenían un brillo que la llenaron de confianza, y por esto contestó:
--- Soy Pequeña y deseaba ver lo que vine, ¡y acá estoy!
--- ¡Jo, Jo, Jo! Rio Papá Noel ---. ¡Y acá estás! ¡Querías verme y por eso viniste! Muy bonito de tu parte, aunque siento mucho estar de afán y no poder mostrarte mi fábrica y pasar un buen rato contigo. Como verás falta un cuarto para las doce y debo partir o no alcanzare a llegar a la chimenea antes de que el reloj marque la media noche. Llamaría a mi esposa y le pediría que te ofreciera sopa, peor se encuentra también ocupada terminando de vestir a las muñecas que deben estar listas antes del amanecer. ¿Hay algo en especial que desees hacer, Pequeña?
Papá Noel acaricio la cabeza de Pequeña y ella sintió su corazón lleno de calidez y ternura. Notarás, estimado lector, que aunque Papá Noel tenga mucho afán, nunca estará demasiado ocupado para detenerse un momento y hacer feliz a alguien, incluso si ese alguien no es más grande que Pequeña. 
Pequeña sonrió y le contesto:
--- ¡Oh, Papá Noel! Si simplemente pudiese viajar contigo en tu trineo. Me gustaría muchísimo, ¿podría hacerlo, por favor? soy tan pequeñita que ni siquiera ocupare campo en tu silla y me quedaré callada sin molestar.
Papá Noel soltó una gran carcajada, enorme y fuerte, y dijo: 
--- ¿Quieres venir con nosotros, eh? Pues bien, ¿Qué piensan duendes?, ¿desean que la llevemos hadas?, ¿Qué crees tú, hermoso reno?
Los pequeños duendes saltando y brincando le trajeron un ramo de acebo; las diminutas hadas sonriendo y con amabilidad le brindaron un trozo y muérdago y los renos piafaron fuertemente queriendo decir “¡será bienvenida!” y antes de que Pequeña pudiera pensarlo se encontraba al lado de Papá Noel, abrigada. Partieron volando por los aires, sobre las nubes y hacia la Tierra, y divisaron las luces de las casas que los esperaban. Sabía que Papá Noel se deslizaría muy pronto por una de las chimeneas. ¡En realidad deseaba estar allí! Mientras Pequeña deseaba con todo su corazón poder acompañarlo, escucho una voz que decía: 
--- ¡Sostén mi brazo con fuerza! ¡No te vayas a soltar! Y eso hizo. Papá Noel cargó un paquete sobre su hombro y un segundo después de deslizarse se hallaban en medio de una sala junto a la chimenea y las botas.  
Papá Noel se había olvidado de Pequeña pero se alegró mucho al ver que estaba a su lado. 
--- ¡Dios te bendiga, preciosa! ¿Dónde estabas, Pequeña? ¿Y cómo se supone que vamos a subir por esa chimenea los dos? Es muy fácil descender, pero subir es otra cosa --- dijo Papá Noel preocupado.
Sin embargo, Pequeña ya estaba cansada pues su día ya había sido interminable. 
Por esto le contesto: 
--- No te preocupes, Papá Noel. He vivido un hermoso momento, creo que me quedaré acá por un rato. Voy a acomodarme en este sillón por unos segundos y dormiré están cómodo y caliente como el de mi casa aunque creo que es el de mi casa pues Osito esta allá en su silla, justo donde lo deje. 
Cuando Pequeña dio vuelta para agradecer a Papá Noel y despedirse de él, ya no lo vio. Seguro había salido rápidamente o ella se había quedado dormida al instante --- nunca pudo saber qué pasó --- pero lo que si sintió en sí fue que su papa le abrasaba y le decía:
--- ¿Qué hace mi Pequeña acá abajo? Debes estar en cama; Papá Noel no vendrá si se da cuenta que hay niños por aquí. 
Pequeña sabía mucho más y empezó a relatarle su historia: le contó cómo las hadas la habían saludado y como los duendes le había hablado, y como Papá Noel le avía llevado en su trineo.
Papá rio y le dijo:
--- ¡Tuviste un lindo sueño, preciosa!
Pero Pequeña sabía que lo había vivido, pues en su mano aún tenía las moritas navideñas que uno de los duendes le había regalado. Además se había quedado dormida en el sillón donde Papá Noel la había abrigado y esto era prueba suficiente. 

Colguemos la Bota del Bebé



Escrito por Emily Huntington Miller.

Colguemos la bota del bebé Asegurémonos de no olvidarla, Esta pequeña y hermosa niña Aún no sabe lo que ella guarda; Pero ya le conté de qué se trata Miraba con sus ojos azul cielo, estoy seguro de que lo entendió Pues escuchaba con anhelo. 

¡Querida!, qué bota tan pequeña, Llenarla es un desafío Es del tamaño de tus piececitos Para protegerlos del frío. Para celebrar Navidad No Será de gran ayuda, Pues Papá Noel no la verá, De eso no cabe duda. 

Ya sé qué haré por ti, Tengo un plan mejor; Tomaré la bota del abuelo, La que tiene más color Y la colgaré muy cerca de la mía. En esta esquina que da bien Escribiré una carta a Papá Noel Y la amararé al dedo del pie.

Dice: “Esta es la bota del bebé La que cuelga en esta esquina Nunca la has visto Papá Noel Porque apenas llegó la niña. 

Esta es la bebé más preciosa, Y antes de tu camino seguir pon dulces en su bota Y después te podrás ir. 

Ya llego la Navidad



Ya llego la Navidad


Ya llegó la Navidad Fa-la-la-la-la-la-la-la-la 

Qué alegre se siente el alma Fa-la-la-la-la-la-la-la-la 

Vamos todos a cantar Fa-la-la-la-la-la-la-la-la 

Vamos todos a reír Fa-la-la-la-la-la-la-la-la 

Apóstoles y magos vienen Fa-la-la-la-la-la-la-la-la 

Adorar al eterno niño Fa-la-la-la-la-la-la-la-la 



Vamos todos a cantar Fa-la-la-la-la-la-la-la-la 

Vamos todos a reír Fa-la-la-la-la-la-la-la-la 

Por doquier llevaremos Fa-la-la-la-la-la-la-la-la 

Mensajes de buena nuevas Fa-la-la-la-la-la-la-la-la

Vamos todos a cantar Fa-la-la-la-la-la-la-la-la 

Vamos todos a reír Fa-la-la-la-la-la-la-la-la

El Abeto Arrogante

Escrito por Henry van Dyke

El poeta Ruckert contó este cuento Que a los niños alemanes dejó contentos. Tiene rima sonara y al azar Como las obras que solían actuar,  Nos lo envió con plena bondad para honrar a los árboles de Navidad.

El pequeño abeto en el bosque creció, Contento y feliz, orgulloso posó. Su cuerpo era recto y sus ramas muy puras; y en verano e invierno brillaban seguras Desde la cima hasta la raíz, sus ramitas crecían, La hermosa y verde plata eterna florecía.


Su corazón entró en apuro un buen día; Notó que los demás árboles reverdecían. Durante el verano sus hojas abundaban. El abeto sentía sus ramas siempre igual, Y creía que eran simples, las veía muy mal. Entonces los celos nublaron su mente Y se dijo a sí mismo: “¡no es muy decente Que un bello abeto vista tan grotesco!”. Si las hadas preguntaran cómo les parezco, Diría sin duda: me vestiría con decoro Con ropa elegante cubierta de oro. Cayó muy dormido, soñando ser el mejor, Y despertó en la mañana con mucho fulgor Pues cada hoja que en sus ramas tenía Estaba hecha de oro; radiante existía. Les cuento niños: el abeto era arrogante, Su esbelto cuerpo lucía brillante, Batía sus hojas, como llamando la atención Del vendedor ambulante, más bien un ladrón. “Solo mírame, ¿no crees que me veo muy bien? ¿Y no te gustaría un vestido a ti también?” “¡Claro que sí!”, dijo en tono empalagoso, “llenaré mi maletín con tu vestido frondoso”. Escogió con cuidado con las hojas doradas Y dejo al pequeño abeto con las ramas peladas. “¡Oh!, ¿por qué deseé estas hojas de oro? Olvide que para los ladrones son como un tesoro. Si las hadas me dieran una nueva oportunidad, No sería tan ostentoso y querría comodidad: Me sentiría feliz si mi vestido es de cristal”.

Cayó dormido, el cansancio era total. Las hadas concedieron su deseo una vez más; La noche se apagó y todo quedó atrás, Esta vez parecía  un candelabro cristalino Que brillaba con el sol del resplandor matutino; Sus ramas brillaban cubiertas de joyas brillantes. “¡Ajá!,” dijo el abeto, “¡parecen diamantes!”. Y se sostuvo erguido, orgulloso y recto, Pero un viento fuerte lo dejó imperfecto; Imprudentemente y con poco cuidado Sopló sobre las hojas y lo dejó achilado. Las rompió en pedazos y cayeron al piso, Como una ducha planteada, de blando granizo; Y el abeto quedó parado, desnudo ante el vendaval, Su corazón estaba triste por su deseo banal. “Eran hermosas mis hojas de vidrio puro,

Me equivoqué otra vez, por ser inmaduro, Al elegir un vestido tan fácil de romper. Si las hadas pudieran mi deseo conceder,  Les pediría algo bonito y más sencillo: Tal vez un vestido con menos brillo, Hojas de la lechuga me gustaría usar, Las hadas reirán pero les va a fascinar”. ¡Le concedieron su deseo en un instante Con verdes, blandas, fascinantes El abeto fue vestido, delos pies a la cabeza “Lo sabía!” gritó, “parezco de la realeza”. Este es el vestido que mejor me queda, Soy el más elegante de toda la arboleda; Ninguno de los otros es tan atractivo como yo”. Y una cabra que paseaba por casualidad berreó, Oyó su charla sin querer, Y se acercó para entender. “¡Yo pienso lo mismo!”, le dijo al olerlo, “Es el más atractivo, quisiera comerlo; Sus hojas son ricas como el té y galletas, Las comeré todas, sus ramas completas”. Y se alejó rápido, muy llena y sonriendo Dejando al pequeño abeto solo y descubierto. Sin una sola hoja para cubrir sus ramas Gimiendo y llorando, viviendo son ganas. Estaba avergonzado, no podía hablar, Sabía que era un tonto por querer soñar, Rompiendo las reglas de la naturaleza, Escogiendo un vestido con poca delicadeza. Envidió a los otros árboles, todos frondosos, Debido a sus deseos todos ambiciosos; Sería un abeto solitario y poco risueño Vencido además por un profundo sueño. Gimió y lloró en su sueño alterado, Y un nuevo día lo encontró arreglado. Despertó recordando un sueño aburrido, Pues allí estaba en el bosque, con su verde vestido.

¡En medio del bosque un abeto acentuado, De olorosa fragancia sus ramas cargado! ¡Con espigas verdes antes de la tempestad, Feliz y contento, muy ilusionado, De ser el mejor abeto de la Navidad! 

Que verdes son


Que verdes son

Qué verdes son, qué verdes son Las Hojas Del abeto. 
Qué verdes son, qué verdes son Las Hojas Del abeto. 

Sus ramas siempre airosas son Con su aroma encantador. 
Qué verdes son Las hojas del abeto.

Qué verdes son, qué verdes son Las hojas del abeto. 
Qué verdes son, qué verdes son Las hojas del abeto. 



Nuestra familia alegre está Alrededor de tu esplendor. 

Qué verdes son, qué verdes son Las hojas del abeto. 
Qué verdes son, qué verdes son Las hojas del abeto. 
Qué verdes son, qué verdes son Las hojas del abeto. 

Nos Muestran la fidelidad de Dios Con cada renacer.
Qué verdes son, qué verdes son Las hojas del abeto.


Canto de Navidad





Del álbum ‘’Christmas Entertainments’’

Cantase a la tonada del villancico Noche de Paz

Niño Jesús, Las estrellas brillan hoy; Anunciando la Navidad, A cada niño un beso le da, Niño Jesús, duerme ya, Niño Jesús, Duerme ya.

Dulce Jesús, dulce Jesús, En las cunas los niños de Dios; Todos en su níveo blancor, ¡En silencio los dejan dormir!

Dulce Jesús, duerme ya, Dulce Jesús, duerme ya.

Santo Jesús, santo Jesús, Cerca está la Navidad, En silencio pequeños pies, Pues los niños durmiendo están, Dulces sueños de Dios, Dulces sueños de Dios.


El Regalo de Los Reyes Magos

EL REGALO DE LOS REYES MAGOS 

Adaptado de la historia escrita por O. Henry

Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad. Evidentemente no había nada qué hacer además de recostarse en el miserable lecho y llorar. Y Delia hizo.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y este era el resultado. Solo un dólar con ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial. 
Cerca de las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. De repente se alejó de la ventana y se paró ante él. Sus ojos brillaban interesante mente, pero su rostro perdió el color. Soltó con rapidez su cabellera y dejó caer cuan larga era. 
Delia y Jim eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo.
Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y, antes, de su abuelo.
La otra era la cabellera de Delia. La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada. Llegó hasta más debajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente.
Se puso su vieja y oscura chaqueta, su viejo sombrero, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle. 
Donde se detuvo se leía un cartel: ‘’Señora Sofronie. Cabellos de toda clase’’.
Delia subió rápidamente y, jadeando, trató de controlarse.
¬¬--¿Quiere comprar mi pelo? – pregunto Delia.
--¡Compro pelo! – dijo la señora – Quítese el sombrero y déjeme mirar el suyo… Le doy veinte dólares. 
Las dos horas siguientes transcurrieron rápidamente. Delia empezó recorrer las tiendas en busca del regalo para Jim. Al fin encontró. No había otro regalo como ese. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que revelaba su valor solo por el material y no por si decoración. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora porque aunque el reloj era estupendo, se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas debido a la gastada correa que usaba. Cuando Delia llegó a casa, sacó sus ganchitos para el pelo, encendió la hornilla y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad del amor. A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados. Se miró al espejo lenta, cuidadosa y críticamente. 
--Si Jim no me mata – se dijo ---, antes de que me mire por segunda vez dirá que perezco una corista de Coney Island. Pero ¿qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?  
A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.
Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en el borde de la mesa cercana a la puerta. Entonces escuchó sus pasos en el primer escalón y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas oraciones por las pequeñas cosas cotidianas, y ahora murmuró: ‘’Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita’’.
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, solo tenía veintidós años, y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim se detuvo en el umbral y sus ojos se fijaron en Delia con una expresión extraña. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horrar ni de ningún otro sentimiento para los que ella hubiera estado preparada. 
Simplemente él la miraba, con fijeza. 
--Jim, querido –exclamó--, no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Mi pelo crece rápidamente. Dime ‘’ Feliz Navidad’’ y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo tan lindo te tengo!
--¿Te cortaste el pelo? –Preguntó Jim con sorpresa --- ¿Dices que tu pelo ha desaparecido? 
--No pierdas el tiempo buscándolo ---dijo Delia ---. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, amor. Lo hice por ti perdóname. Quizá alguien pudo haber contado mi pelo, pero nadie puede contar mi amor por ti. 
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia; sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
---No te equivoques conmigo, Delia ---dijo---. Ningún corte de pelo ni un peinado especial harían que yo te quiera meno. Pero si abre ese paquete verás por qué mi desconcierto. Delia abrió el paquete y se escuchó un jubiloso grito de éxtasis, que cambió rápido hacia un histérico brote de lágrimas y de gemidos.
Allí estaban las peinetas que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina. Eran muy hermosas, de carey autentico, con sus bordes adornados con joyas. Eran peinetas muy caras y su corazón simplemente había suspirado por ellas sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, per el cabello había desaparecido.
Delia las apretó contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos llorosos y con una débil sonrisa, y dijo:
--- ¡Mi pelo crecerá muy rápido!---recordó que Jim no había visto su regalo. 
Delia se lo mostró entusiasmada. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del espíritu brillante y ardiente de Delia.
--- ¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla.
Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con la cadena puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejó caer en el sofá, cruzo sus manos debajo de la nuca y sonrió.
Delia ---le dijo--, olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas.
Los Reyes Magos eran muy sabios y llevaron regalos al Niño del pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad.
Como eran sabios, no hay duda de que también sus regalos lo eran. Y aquí le he contado la sencilla historia de dos jóvenes enamorados que vivían en un apartamento y sacrificaron los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digámosles a los sabios de hoy que de todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos. 

Fin